“No podemos separar la diabetes de las emociones”, entrevista a Sara Irene Martínez (@Conmiasucar)
Sara Irene Martínez es psicóloga y maestra de PT. Desde los 12 años esta valenciana convive con la diabetes, lo cual no supuso un freno para una de sus grandes pasiones, que es el deporte.
Así pues: diabetes, psicología y deporte; los temas de los que vamos a hablar hoy con ella, y los que toca en su cuenta @conmiasucar, por la que quizá ya la conozcáis.
¿A nivel psicológico, cómo viviste tu diabetes antes de ser profesional?
Me diagnosticaron diabetes con 12 años, una edad complicada de por sí. Estás intentando encajar, sentirte parte del grupo, no llamar demasiado la atención y empezar a descubrir quién eres. Y de repente aparece algo que te hace sentir diferente.
Recuerdo mucho el miedo, la inseguridad y la sensación de que tenía que demostrar constantemente que lo estaba haciendo bien. Cuando eres una niña o un niño, una adolescente o un adolescente, y te dicen que tienes que controlarte más, medirte más o hacerlo mejor, muchas veces lo que escuchas no es una recomendación médica, sino que estás fallando.
Yo quería ser como las demás personas. No quería que me trataran diferente ni que la diabetes fuera lo primero que vieran de mí. Me daba vergüenza contar que la tenía, evitaba hablar del tema y muchas veces intentaba pasar desapercibida. Recuerdo esconderme para hacer ciertas cosas o no contarle a algunas personas que tenía diabetes porque me preocupaba que me miraran de otra manera o que dejaran de verme simplemente como una más.
En aquella época apenas se hablaba del impacto emocional de la diabetes. Había mucha educación diabetológica, pero poco espacio para entender cómo se sentía una niña que acababa de recibir un diagnóstico que le iba a acompañar toda la vida. Muchas veces las personas adultas veían los resultados o las conductas, pero no siempre el miedo, la confusión o la soledad que había detrás.
Con los años entendí que aquello no era rebeldía ni desinterés. Era una forma de protegerme con las herramientas que tenía en ese momento. Hacía lo que podía para encajar, para sentirme aceptada y para intentar que la diabetes ocupara el menor espacio posible en mi vida.
Y también aprendí algo muy importante: pedir ayuda no te hace más débil. Las personas que me han acompañado han sido fundamentales. La diabetes me ha hecho desarrollar una sensibilidad especial hacia los demás, mucha empatía y una capacidad de adaptación que probablemente no habría tenido de otra manera. Me hizo madurar antes de tiempo, sí, pero también me enseñó valores que hoy agradezco profundamente y que me acompañan cada día, tanto en mi vida personal como en mi trabajo como psicóloga.
¿Influyó a la hora de decantarte por tu profesión?
Sí, muchísimo.
Durante muchos años sentí que la diabetes ocupaba gran parte de las conversaciones que tenía con profesionales sanitarios. Hablábamos de glucosas, de insulina, de alimentación, de controles... pero pocas veces alguien me preguntaba cómo estaba llevando todo aquello.
Y la realidad es que, cuando te diagnostican con 12 años, no solo tienes que aprender a manejar una enfermedad. También tienes que aprender a convivir con el miedo, con la vergüenza, con la sensación de ser diferente, con la incertidumbre y con muchas emociones para las que nadie te ha preparado.
Yo aprendí a convivir con la diabetes, pero me hubiera gustado aprender antes a convivir con las emociones que la acompañaban.
Con el tiempo fui entendiendo muchas cosas sobre mí misma y sobre lo que había vivido. Me di cuenta de que muchas de las dificultades que había tenido no estaban relacionadas únicamente con la diabetes, sino con cómo me sentía respecto a ella.
Ahí fue cuando entendí la importancia que tiene la salud mental.
Porque cuando una persona está agotada, asustada o se siente sola, eso también influye en cómo se cuida. No podemos separar la diabetes de las emociones porque convivimos con ambas al mismo tiempo.
Pensé en todos esos niños, niñas, adolescentes y familias que quizá estaban pasando por lo mismo que yo había pasado años atrás. Personas que intentaban hacerlo lo mejor posible mientras cargaban con miedos, culpa o inseguridades que nadie veía.
Creo que ahí nació mi vocación: en dar espacio a todo aquello de lo que casi no se hablaba y que, sin embargo, condicionaba tanto la forma de vivir la diabetes.
Porque la insulina es imprescindible, pero sentirse acompañado también puede cambiar la vida de una persona.
¿Qué consejo darías hoy a tu yo niña o adolescente?
Le diría que no tiene que demostrar nada a nadie. Que la diabetes forma parte de su vida, pero no define quién es ni quién va a llegar a ser.
Durante mucho tiempo pensé que tenía que esforzarme para que los demás no vieran mis dificultades, para que no me trataran diferente o para que no se preocuparan por mí. Me daba vergüenza contar que tenía diabetes, intentaba pasar desapercibida y actuaba como si no pasara nada. Hoy entiendo que aquello no era casualidad. Cuando eres una niña o una adolescente, pertenecer al grupo es una necesidad enorme, y cuando sientes que algo te hace diferente, muchas veces intentas esconderlo para protegerte del rechazo.
También le diría que deje de medir su valor por sus glucosas. Que habrá días buenos y días malos, y que ninguna cifra va a determinar quién es como persona. A veces, cuando tienes diabetes desde tan pequeña, puedes acabar creyendo que si algo no sale bien es porque has fallado tú. Y no es así. Hay cosas que no dependen de nosotros, por mucho que nos esforcemos.
Como psicóloga veo que esto sigue ocurriendo hoy. Muchas personas con diabetes viven con una sensación constante de estar haciéndolo insuficientemente bien. Si la glucosa está alta, sienten culpa. Si está baja, sienten culpa. Si se olvidan de algo, sienten culpa.
Y la culpa no mejora las glucosas.
Lo que ayuda es la comprensión, aprender a conocerse y desarrollar una relación más amable con una misma.
También le diría que no esconda tanto lo que siente, que se permita pedir ayuda y que confíe más en la gente que la quiere. Porque las personas importantes no se quedan a tu lado porque tengas glucosas perfectas, sino porque te quieren por quien eres.
Y algo que me hubiera gustado entender mucho antes es que una cosa es tener diabetes y otra muy distinta convertir la diabetes en tu identidad. No somos nuestras glucosas. No somos nuestros errores. No somos nuestra enfermedad. Somos personas que convivimos con ella.
Creo que le diría algo muy sencillo: que va a estar bien. Que un día dejará de sentir vergüenza, que hablará de diabetes con naturalidad, que encontrará personas que la entiendan y que descubrirá que es mucho más que una enfermedad.
Porque la diabetes le pondrá obstáculos, sí, pero también le enseñará cosas que la convertirán en una mejor persona: empatía, capacidad de adaptación, fortaleza, sensibilidad hacia los demás y una forma especial de valorar las cosas importantes de la vida.
Y, sobre todo, le diría algo que me habría gustado escuchar muchas veces: no tienes que ser perfecta para ser valiosa.
¿Cuáles son los desafíos psicológicos más comunes en personas con diabetes?
Creo que uno de los mayores desafíos es que la diabetes nunca descansa. Hay enfermedades que te permiten olvidarte de ellas durante un rato. La diabetes no.
Siempre hay una decisión más que tomar, una glucosa que revisar, una comida que planificar o una situación que anticipar. Eso genera cansancio mental.
De hecho, muchas personas no están cansadas porque no sepan gestionar la diabetes, sino porque nunca pueden dejar de pensar en ella.
También son frecuentes el miedo, especialmente a las hipoglucemias, la autoexigencia, la culpa cuando las cosas no salen como esperabas y la sensación de que hagas lo que hagas nunca es suficiente.
Y en niños, niñas y adolescentes se suma algo muy importante: el deseo de sentirse iguales que el resto.
Muchas veces el verdadero reto no es la diabetes en sí, sino aprender a convivir con ella sin que ocupe todo el espacio de tu vida.
¿Cómo afecta el estrés emocional a la diabetes?
Muchas veces pensamos que el estrés es simplemente estar nerviosa, pero va mucho más allá.
Cuando vivimos bajo estrés constante, nuestra atención disminuye, estamos más cansadas y nos cuesta tomar decisiones. Y la diabetes exige precisamente eso: atención, energía y capacidad para decidir continuamente.
Por eso, cuando una persona está pasando por un mal momento emocional, no es raro que le cueste más cuidarse. No porque no quiera ni porque sea irresponsable, sino porque está utilizando gran parte de sus recursos para sostenerse emocionalmente.
Además, la relación funciona en las dos direcciones. Una glucosa descontrolada puede generar estrés, pero también una época difícil emocionalmente puede hacer que gestionar la diabetes resulte mucho más complicado. A veces la pregunta no es: "¿Por qué no te estás cuidando?", sino: "¿Qué está pasando para que cuidarte se haya vuelto tan difícil?"
Eres una persona muy activa y practicas mucho deporte. ¿Qué papel juega el ejercicio en la salud mental?
Para mí el deporte ha sido una escuela de vida.
Me gustan especialmente los deportes de resistencia porque me obligan a conocerme, a gestionar la frustración, a ser paciente y a confiar en mí misma.
Además, con diabetes cada entrenamiento es una oportunidad para aprender. Aprendes sobre tu cuerpo, sobre tus límites, sobre tus miedos y también sobre todo lo que eres capaz de hacer.
Muchas veces me dicen que hago deporte porque tengo mucha fuerza de voluntad, pero yo no lo veo así. Lo hago porque me hace sentir libre. Porque durante unas horas dejo de centrarme en lo que mi cuerpo no puede controlar y me doy cuenta de todo lo que sí puede hacer.
Cada reto conseguido te da confianza.
Y a nivel psicológico tiene muchísimos beneficios: mejora el estado de ánimo, reduce el estrés, ayuda a regular emociones, mejora el sueño y fortalece la autoestima.
Pero sobre todo te recuerda algo muy importante: que eres mucho más capaz de lo que a veces crees.
Si añadimos el hecho de estar pendiente de la glucosa, mantener el hábito de hacer deporte puede resultar aún más complicado.
¿Qué consejo darías?
Que empiecen por algo pequeño.
Muchas veces abandonamos porque nos marcamos objetivos demasiado grandes.
No hace falta preparar un maratón ni un Ironman. Hace falta empezar.
Caminar, salir en bicicleta, ir a nadar un rato o encontrar una actividad que realmente disfrutes.
Y hacerlo desde la curiosidad, no desde la exigencia.
También ayuda muchísimo apoyarse en otras personas. Personas con diabetes que ya han recorrido ese camino, familiares, amistades o compañeras de entrenamiento.
Durante muchos años la diabetes se ha vivido de una forma muy solitaria y creo que tenemos que cambiar eso.
Cuando compartimos experiencias aprendemos unas personas de otras, evitamos errores y nos sentimos acompañadas.
Y al final descubres algo muy bonito: normalmente eres capaz de hacer mucho más de lo que el miedo te hacía creer.