“No puedo decidir si tener diabetes, pero sí cómo respondo a ella”, entrevista con Paloma Ynestrillas (@psicoprym)
Psicóloga, criminóloga, pero también buceadora, escritora, persona con diabetes tipo 1… Paloma habla de todo ello en su cuenta de Instagram, @psicoprym, por la que quizá ya te sea familiar.
Hablamos hoy con ella sobre psicología y diabetes.
¿Tener diabetes puede hacer a alguien mejor psicóloga?
No creo que la diabetes me convierta en una mejor profesional. Lo que sí creo es que me ha dado una mirada distinta sobre el sufrimiento humano. Haber pasado por determinadas experiencias hace que pueda comprender algunos procesos desde un lugar diferente, pero eso tiene una doble cara.
Por un lado, facilita la empatía. Cuando una persona con diabetes entra en consulta, es inevitable reconocer parte de su experiencia en la mía. Pero precisamente ahí aparece el mayor reto: no dejar que esa identificación sustituya a la objetividad clínica. Un buen psicólogo no acompaña desde su propia historia, sino desde la del paciente, y mantener ese equilibrio es mucho más difícil cuando el caso nos toca de cerca.
No soy mejor psicóloga por tener diabetes. Soy psicóloga, y además tengo diabetes. Lo que la enfermedad sí ha hecho es enseñarme lecciones sobre vulnerabilidad, incertidumbre, adaptación y resiliencia que me han ayudado a crecer como persona. Y, al crecer como persona, inevitablemente también he crecido como profesional.
Ante una situación estresante como es el control continuo de la glucosa, ¿cómo es posible no estresarse?
Quizá la pregunta no debería ser cómo no estresarse, sino cómo relacionarnos con ese estrés.
Intentar no sentir estrés ante una situación objetivamente estresante suele ser contraproducente. Es como intentar no sentir tristeza cuando perdemos a alguien, no enfadarnos cuando vulneran nuestros límites o no emocionarnos cuando ocurre algo maravilloso. Las emociones no aparecen por error; tienen una función. Nos informan de lo que está ocurriendo dentro y fuera de nosotros.
El problema no son las emociones, sino la lucha constante contra ellas. Cuanto más intentamos esconderlas o hacerlas desaparecer, más espacio terminan ocupando. Las emociones reprimidas no desaparecen: se acumulan, y muchas veces terminan saliendo con mucha más intensidad.
Por eso creo que deberíamos aprender a sentirlas cuando aparecen, en lugar de intentar evitarlas. Una emoción, por sí sola, suele durar apenas unos minutos. Lo que permanece después son los pensamientos que construimos alrededor de ella, y eso sí puede aprenderse a gestionar.
En diabetes, aprender a manejar el estrés es especialmente importante porque tiene consecuencias fisiológicas reales sobre la glucosa. Las técnicas de respiración, el mindfulness o la relajación son herramientas muy útiles, pero antes de aplicarlas conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿qué me está intentando decir este estrés? Si entendemos qué nos activa, podremos responder de una manera más adaptativa.
La calma no consiste en dejar de sentir. Consiste en comprender lo que sentimos para decidir cómo queremos actuar. Somos seres profundamente emocionales, y eso no es una debilidad; es precisamente lo que nos hace humanos.
Has dicho en alguna de tus charlas que "el miedo ajeno también pesa". ¿Cómo puede alguien "blindarse" ante la influencia externa que puede llevarte a vivir la diabetes con miedo?
No creo que la solución sea blindarse. Blindarse implica construir un muro, y los muros también nos impiden recibir aquello que sí nos hace bien.
Vivimos rodeados de opiniones, miedos, experiencias y creencias ajenas. En cierto modo, todos somos una mezcla de las personas que han pasado por nuestra vida: nuestros padres, hermanos, amigos, profesores, parejas... Pero llega un momento en el que toca decidir qué queremos conservar de todo eso y qué preferimos dejar atrás.
Con la diabetes ocurre algo parecido. Existen muchos estigmas, comentarios desafortunados e incluso mensajes bienintencionados que nacen del miedo. Si absorbemos todo eso sin ningún filtro, acabamos viviendo la enfermedad desde el temor de los demás y no desde nuestra propia experiencia.
Por eso creo que la mejor protección no es levantar barreras, sino construir un criterio propio. Informarnos, aprender, rodearnos de personas que comprendan la enfermedad y que, sobre todo, nos vean capaces. Capaces de trabajar, viajar, hacer deporte, formar una familia o perseguir cualquier proyecto que nos ilusiona.
Al final, esto va mucho más allá de la diabetes. Todos necesitamos una identidad lo suficientemente sólida como para que la opinión ajena no determine quiénes somos.
Y, en ese sentido, me siento profundamente agradecida. He tenido la suerte de encontrar una comunidad que no alimenta el miedo, sino la confianza. Y eso cambia por completo la manera de vivir la enfermedad.
También eres criminóloga. ¿Cómo influye vivir con diabetes en tu forma de entender el comportamiento humano?
La diabetes me ha enseñado algo que también veía constantemente en criminología: cada persona vive dentro de su propia realidad.
Todos habitamos una especie de burbuja construida por nuestras experiencias. No solemos preocuparnos por aquello que creemos que solo les ocurre a los demás... hasta que un día nos ocurre a nosotros. Un diagnóstico, un accidente, una pérdida, una enfermedad o cualquier acontecimiento inesperado rompe esa sensación de distancia y nos enfrenta a una pregunta profundamente humana: "¿Por qué yo?"
Cuanto más inesperado es el golpe, más difícil resulta darle sentido. A veces buscamos explicaciones incluso donde no las hay, porque asumir que ciertas cosas simplemente ocurren resulta insoportablemente incómodo.
Recuerdo que estudiando criminología analizábamos casos terribles con una enorme distancia emocional. Parecían historias ajenas, casi irreales. Hasta que un día algún compañero rompía a llorar porque aquella historia se parecía demasiado a la suya. En ese instante comprendías que nada está tan lejos como creemos y que el miedo es, probablemente, una de las emociones más universales que existen.
Con la diabetes sucede algo parecido. Para quien no la vive puede parecer un problema pequeño o incluso una exageración. Pero el sufrimiento nunca debería medirse desde fuera. Objetivamente existen problemas de distinta gravedad; subjetivamente, cada persona carga con aquello que ocupa todo su mundo.
Yo hablo de mi diabetes porque forma parte de mi burbuja y merece ser escuchada. Igual que otra persona merece hablar de aquello que llena la suya, aunque yo nunca lo haya vivido. Creo que la verdadera empatía consiste precisamente en eso: comprender que no hace falta compartir una experiencia para reconocer el peso que tiene para quien la vive.
¿Qué consejo psicológico darías a alguien que acaba de recibir un diagnóstico de diabetes?
Lo primero que le diría es que entiendo el miedo.
Entiendo la sensación de que, de un día para otro, alguien ha cambiado las reglas del juego. Entiendo que toda la información abruma, que aparecen mil dudas y que, en muchos momentos, uno siente que le han dejado solo frente a algo inmenso.
Y también le diría algo que quizá nadie se atreve a decir en voz alta: es una auténtica m**rda. No hace falta disfrazarlo de aprendizaje desde el primer día. Hay espacio para enfadarse, para llorar y para sentir que la vida acaba de dar un giro que nadie había pedido.
Pero, cuando poco a poco pasa ese primer impacto, aparece una idea que a mí me sostuvo mucho: no siempre podemos elegir lo que nos ocurre, pero sí podemos elegir qué hacemos con ello.
No puedo decidir tener diabetes o no tenerla. No puedo controlar todas las emociones que aparecerán a lo largo del camino. Pero sí puedo decidir cómo responder a ellas. Puedo transformar el pensamiento que viene después del miedo y la acción que viene después de ese pensamiento.
La diabetes cambia muchas cosas, pero no decide quién eres. No define tus sueños, tus capacidades ni el tipo de vida que puedes construir. Eso sigue estando, en gran parte, en tus manos. Y descubrirlo, aunque lleva tiempo, termina siendo una de las lecciones más importantes del camino.
Preparas también una novela, ¿qué nos puedes adelantar sobre ella?
“Todavía no” es una novela sobre las conversaciones pendientes, las despedidas que nunca aprendimos a hacer y el largo viaje que supone reconciliarse con uno mismo. En el caso del protagonista todo ocurre en un tren algo curioso, y en cada estación sube un pasajero distinto. Ninguno parece conocerle. Sin embargo, todos tienen exactamente la conversación que él lleva años necesitando
Esa sigue siendo la esencia de la novela. Sin embargo, después de terminar el primer manuscrito ocurrieron muchas cosas en mi vida que hicieron que dejara de reconocerme en algunas de sus páginas. No porque la historia dejara de funcionar, sino porque yo había cambiado.
Es una novela profundamente inspirada en historias reales y en personas que han pasado por mi vida. Ningún personaje existe exactamente como aparece en el libro, pero todos contienen fragmentos de alguien. Son como un mosaico construido con recuerdos, conversaciones, heridas y aprendizajes de personas muy distintas. El protagonista, en realidad, podría ser cualquiera de nosotros.
Ahora mismo está en pausa, pero no abandonada. No es un bloqueo creativo; es una necesidad de hacerle justicia a una historia que siento que todavía tiene algo más que decir. Estoy reconstruyendo a mis personajes con más calma, dejándolos crecer al mismo ritmo que yo.
Y puedo adelantar una pequeña primicia: uno de mis personajes favoritos tiene diabetes. No porque la novela trate sobre la enfermedad, sino porque forma parte de quién es, igual que ocurre en la vida real. Me apetecía que estuviera representada desde la naturalidad, sin convertirla en el centro de la historia. Para terminar, hay otro detalle que siempre llama la atención cuando lo cuento: mis personajes no tienen nombre. Todos me preguntan por qué. La respuesta está en la novela… y creo que esa es una de las pocas cosas que todavía no quiero desvelar ;).